Innovación Institucional para Instituciones de Innovación

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Vivimos en una época en la que lo improbable se ha vuelto rutina. Crisis climáticas, pandemias, polarización política, crecientes desigualdades y disputas por la soberanía tecnológica se entrelazan, formando lo que la profesora Yuen Yuen Ang denomina polycrisis. En un artículo reciente en Project Syndicate, Ang sugiere que el desafío no es solo sobrevivir a la multiplicidad de crisis, sino aprovechar las oportunidades que ofrecen para reinventar las instituciones. Más que nunca, las instituciones responsables de promover la innovación deben innovar ellas mismas.

Durante el evento Istanbul Innovation Days, los participantes debatieron, ejemplificaron y anticiparon escenarios basados en la idea de que las mayores disrupciones en las estructuras institucionales suelen surgir en tiempos de incertidumbre. En otras palabras, la inestabilidad puede ser un terreno fértil para la creatividad institucional, siempre que estemos dispuestos a romper con modelos obsoletos.

El problema es que muchas instituciones de innovación, incluso aquellas creadas para impulsar transformaciones sociales, económicas o tecnológicas, siguen operando con lógicas que pertenecen al siglo pasado. Como evidencia Hebinck en un estudio publicado en 2024 en Sustainability Science, para abordar las transiciones contemporáneas —ya sea en sostenibilidad, salud o transformación digital—, necesitamos una verdadera innovación institucional, no solo nuevos proyectos dentro de estructuras antiguas. Como recordó la representante del Ministerio de Gestión e Innovación del gobierno brasileño: “No podemos resolver los problemas del siglo XXI con tecnologías del siglo XX utilizando instituciones del siglo XIX”.

Esta reinvención puede tomar múltiples formas. En el campo filantrópico, han surgido iniciativas como los Coordinated Research Programs, que articulan financiadores en torno a agendas e instrumentos conjuntos, evitando la fragmentación y aumentando el impacto colectivo. Entre los pueblos indígenas y comunidades tradicionales, como muestra Kirikowhai Mikaere al reflexionar sobre la soberanía de datos maorí, emergen arreglos institucionales basados en la pluralidad de conocimientos y el protagonismo comunitario, desafiando la hegemonía de las epistemologías occidentales.

Estos ejemplos no son casos aislados. Los gobiernos también están explorando nuevas formas institucionales. Alemania creó SPRIND, un organismo público diseñado para desarrollar de manera autónoma y ágil innovaciones de vanguardia en áreas estratégicas, como el Sovereign Tech Fund, que financia y fortalece proyectos de infraestructura digital abierta y crítica para garantizar seguridad y resiliencia tecnológica. Ambos evitan las estructuras burocráticas tradicionales y operan con mayor flexibilidad para gestionar riesgos e incertidumbres.

En los debates más recientes sobre transformación digital, la crítica más contundente no ha sido hacia la tecnología en sí, sino hacia la rigidez de las instituciones que deberían orquestar esta transformación. En el evento en la capital turca, uno de los talleres propuso rediseñar desde cero las instituciones necesarias para un mundo digital más inclusivo y equilibrado. La premisa era simple pero poderosa: las infraestructuras digitales deben ser tratadas como bienes comunes, y las instituciones que las regulan deben ser modulares, ligeras, abiertas y participativas. No podemos seguir reforzando las asimetrías de poder mientras hablamos de innovación.

Giulio Quaggiotto fue directo al punto: los desafíos que enfrentamos hoy no son esencialmente tecnológicos, sino institucionales. Esto quedó evidente en una investigación sobre el caso chileno, realizada por Muñoz en 2024. El estudio muestra cómo las políticas de innovación transformadora en Chile se encontraron con limitaciones precisamente por la falta de innovación institucional, reproduciendo antiguos modelos de gobernanza y financiación que no abordaban la complejidad de las transiciones en curso.

Si las crisis de nuestro tiempo abren oportunidades para repensar, la pregunta es: ¿estamos dispuestos a diseñar instituciones diferentes, en lugar de solo crear nuevos programas dentro de estructuras obsoletas? El playbook lanzado en el evento de Estambul propone instituciones más adaptables, colaborativas y centradas en resultados públicos, rompiendo con modelos tradicionales jerárquicos y fragmentados. Sugiere que las instituciones deben estar preparadas para abordar desafíos complejos —como el cambio climático, la transformación tecnológica y las demandas de inclusión social— basándose en principios como inteligencia compartida, participación ciudadana, simplicidad, uso estratégico de tecnologías (incluida la colaboración con agentes no humanos, como la IA) y capacidad de adaptación constante. Más que ofrecer fórmulas predefinidas, el playbook invita a los equipos a diseñar instituciones inspiradas tanto en arquitecturas robustas como en procesos de evolución orgánica, capaces de reinventarse con el tiempo sin perder de vista su misión pública. No se trata de diluir responsabilidades, sino de crear estructuras sólidas sin peso excesivo —o, en palabras de Geoff Mulgan, strength without weight.

Esto es exactamente lo que necesitamos: una renovación institucional dentro de las propias instituciones de innovación. El actual contexto de recortes y amenazas globales a la financiación de la ciencia no solo lo permite, sino que lo exige. Si realmente queremos acelerar transformaciones para enfrentar desafíos complejos —climáticos, sociales o digitales—, tendremos que atrevernos a innovar en el diseño institucional, y no solo en la agenda de proyectos. Las instituciones innovadoras deben, ante todo, innovarse a sí mismas.

Autor: Gastón Santi Kremer

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