El archipiélago de Marajó, en el estado de Pará, es el mayor territorio fluvio-marino del mundo. Reúne alrededor de 3.000 islas y alberga manglares, bosques, marismas y campos naturales. Allí viven comunidades quilombolas, ribereñas, indígenas y otras poblaciones tradicionales que conservan conocimientos ancestrales vinculados al manejo sostenible de la tierra. Sin embargo, este territorio enfrenta desafíos profundos vinculados al avance del agronegocio, la deforestación y los impactos crecientes del cambio climático.
En ese contexto se desarrolla el proyecto Marajó Resiliente, una iniciativa liderada por Fundación Avina en alianza con Instituto Belterra, Conexus y el Instituto Internacional de Educação do Brasil, con financiamiento del Fondo Verde para el Clima. Su propósito es fortalecer la resiliencia climática de familias agricultoras y comunidades tradicionales mediante la implementación de sistemas agroforestales, la diversificación de ingresos y el fortalecimiento de la gobernanza climática local.
En el marco de la COP30, que comienza hoy en Belém y se lleva a cabo hasta el 21 de noviembre, representantes de organizaciones filantrópicas y fondos climáticos realizaron una visita inmersiva a la isla. El objetivo fue comprender en territorio cómo se están desarrollando soluciones climáticas lideradas localmente y cuáles son los aprendizajes que pueden orientar la acción climática en Brasil y en la región.
“Con este viaje buscamos traer distintos aliados del nivel global al nivel local para vivir y conversar sobre qué es la acción climática y cómo la aceleramos a través de la colaboración”, explicó Paula Ellinger, directora de Innovación Social de Fundación Avina.
La realidad climática en Marajó se vuelve cada vez más evidente para quienes viven allí. Alessandra Santos, integrante de la comunidad de Assurêmas, describió los cambios recientes en su entorno: “Hoy estamos sintiendo los efectos del cambio climático, nos está afectando mucho. La marea sube y nuestro pescado desaparece. Nuestros cangrejeros tienen que ir mucho más lejos por la erosión y el avance del agua. También lo sentimos en la salud, porque vivimos con problemas respiratorios debido al calor excesivo y al polvo”.
El proyecto se basa en reconocer que las soluciones ya existen en las prácticas de las comunidades. Los sistemas agroforestales tradicionales y la agricultura quilombola son ejemplos de producción diversificada que regenera los ecosistemas y sostiene la seguridad alimentaria local. Estas prácticas se fortalecen mediante asistencia técnica, acceso a financiamiento y articulación territorial para garantizar autonomía económica.
“Marajó es una región muy vulnerable a los impactos del cambio climático: la subida de las mareas, las lluvias intensas, las sequías y los vientos fuertes afectan directamente el modo de vida de las comunidades”, sostuvo Lanna Peixoto, coordinadora del proyecto por Fundación Avina. “Nuestro trabajo aquí es reconocer y fortalecer el protagonismo de quienes ya desarrollan prácticas resilientes y soluciones conectadas con la naturaleza”.
Luego de casi dos años de implementación, ya se registran avances en la generación de ingresos, la organización de redes locales y la restauración ambiental en más de 30 áreas agroforestales. Además, se están desarrollando espacios de participación que permiten que las comunidades definan prioridades y contribuyan a una gobernanza climática más participativa.

