Las democracias justas se construyen con las mujeres trabajadoras

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Los antecedentes del 8 de marzo, el Día Internacional de las Mujeres (en plural por su diversidad) se remontan a varios acontecimientos de reivindicación de las mujeres trabajadoras, siendo el más conocido la huelga en la fábrica de textiles Cotton en Nueva York de 1857. A más de un siglo y medio de las primeras protestas, las mujeres representan la mitad de la población mundial, mientras que, de acuerdo con el Banco Mundial, su contribución a la economía global es del 37%. Si se agrega el trabajo de cuidados no remunerado donde la participación de las mujeres es mayor, se estima que entre el 10 y el 39% —según la Organización Internacional del Trabajo (OIT)— se sumaría a esa contribución.

A pesar de que prácticamente la mitad o más del valor de trabajo se atribuye a las mujeres, el último informe de la OIT revela que en realidad el acceso de las mujeres al empleo en condiciones de trabajo dignas e igualdad salarial ha mejorado poco en los últimos 20 años. La brecha de empleo, un nuevo indicador desarrollado por este organismo, muestra una mayor proporción en los países de renta media y baja. Por ejemplo, el 24,9% de las mujeres no pueden encontrar un empleo, cuando esta cifra es de 16.6% para los hombres. Una de las razones que señala el estudio sobre esta brecha se vincula con las responsabilidades de cuidado de las mujeres en el ámbito personal, lo cual se muestra en una proporción de 1:3 donde los hombres realizan en promedio un tercio del trabajo de cuidado en comparación con las mujeres.

Mujeres trabajadoras de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), de Argentina. Foto: Ministerio de Cultura Argentina

Al mismo tiempo, las cifras de contribución global de las mujeres a la economía revelan la clara división que existe entre el trabajo en el ámbito público y en el privado. Por detrás se destaca la concepción tradicional del trabajo como una actividad económica del ámbito público y se falla en reconocer el trabajo de cuidados como una tarea con valor económico que sostiene la vida y el funcionamiento de las democracias. De acuerdo con la economista Nancy Folbre, entre las actividades invisibilizadas en la economía se encuentra el trabajo del hogar, la atención y asistencia para las personas enfermas, con discapacidad y adultas mayores, así como el cuidado infantil, y estas deberían incluirse en el análisis económico para reflejar realmente los estándares de vida de las personas.

¿Qué nos dice esta diferenciación sobre las democracias y el poder real de las mujeres? Por un lado, a pesar de que las mujeres producen la mitad o más del Producto Interno Bruto mundial, los sistemas económicos actuales en las democracias todavía fallan en generar condiciones para que el trabajo formal, remunerado y protegido por las leyes, supere la distinción entre los ámbitos público y privado, de modo que las mujeres puedan acceder al ejercicio de los derechos humanos laborales, así como a una vida con igualdad y sin discriminación.

Marcha del #8M 2023 en la Ciudad de México. Foto: Patricia Carmona

Por otro lado, la garantía de estos derechos supone que, siendo reconocido el trabajo de las mujeres, se cuente con una estructura que apoye su voz y su capacidad para ser escuchadas y para participar de la vida pública. Para aquellas que realizan doble o triple jornada, la valoración de su trabajo significaría la posibilidad de contar con mayor tiempo para sí mismas y para organizarse, para decidir sobre sus condiciones de trabajo y para participar en los procesos deliberativos de las políticas públicas, por ejemplo.

Las democracias participativas asumen que las personas tienen el tiempo para formar parte de la vida pública, mientras que hacerlo implica una decisión entre atender una necesidad u otra. En el ámbito del trabajo, cuando las personas se organizan para defender sus derechos e incidir en las políticas económicas, laborales y de otro tipo, se encuentran muchas veces con la estigmatización de la organización colectiva y con estructuras patriarcales de representación laboral.

En particular, muchas mujeres que deciden sumarse a sindicatos, movimientos o grupos de personas trabajadoras se enfrentan a obstáculos para poner en la mesa sus perspectivas y necesidades, incluso para formar parte de la representación laboral. Esta es otra forma en que el poder de las mujeres en el mundo del trabajo se limita, ya que aquellos son espacios de deliberación que buscan garantizar una vida digna en democracia. De acuerdo con la Confederación Sindical Internacional (ITUC-CSI), la paz y la democracia no pueden alcanzarse sin la inclusión e igualdad de las mujeres, por lo que es necesario asegurar que tanto las estructuras de los movimientos laborales como de las sociedades en general permitan una representación equitativa y efectiva de sus intereses.

Existen ejemplos de cómo las mujeres trabajadoras están enfrentando estas estructuras de poder tradicionales a nivel global y están generando cambios. La Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar (FITH), desde 2006 que se creó como red, ha incidido en el reconocimiento formal de este tipo de trabajo y ha logrado avances tanto en lo internacional con la obtención del Convenio 189 de la OIT, como en lo local con la organización de las trabajadoras (sobre todo en América Latina, Asia y África), la realización de reformas laborales y la implementación de políticas públicas que respondan a sus necesidades. Otro ejemplo es la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, Agrícolas, Hoteles, Restaurantes, Tabaco y Afines (UITA), con su filial Regional Latinoamericana UITA, que es una organización de personas trabajadoras que se ha dedicado desde 1980 a promover los principios de la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, y actualmente se enfoca en promover la igualdad de género en los sindicatos, eliminar la violencia sexual y el acoso en los centros de trabajo, entre otras acciones.

Trabajadoras textiles en la Cotton Textil Factory, 1908

¿Cómo puede el sector empleador abrir espacios para la construcción de democracias más justas con una proporción del poder más equitativa? Puede empezar por integrar en sus esquemas laborales y de gestión de personal la noción del trabajo de cuidados y garantizar espacios físicos y de tiempo para que mujeres y hombres tengan la oportunidad de realizarlos o de tener estos servicios cubiertos, mientras que a quienes realizan las labores de cuidado en su lugar se garantice sus derechos laborales. En los casos en que las personas trabajadoras se organicen, pueden promover modelos de interlocución que integren en el diálogo y la negociación la participación equitativa y sustantiva de las mujeres, así como dedicar espacio a las necesidades particulares de las trabajadoras. Esta práctica también profundizaría en mayor medida su cumplimiento de estándares laborales y de la debida diligencia en derechos humanos, en la que un enfoque centrado en las personas trabajadoras es parte esencial de este proceso.

Así, todos los actores en una democracia cuya economía reconoce la contribución y la voz de las mujeres aspiran a ser más justos. Abrir los espacios de poder a las mujeres y fomentar su participación efectiva nos coloca como democracias más equitativas y menos patriarcales. Reconocer la importancia de la interlocución con las mujeres trabajadoras organizadas nos promete un futuro más inclusivo, diverso y centrado en las personas.

Autora: Diana Figueroa


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