La radicalización es el callejón sin salida de las democracias

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Un niño de unos 14 años sale de su habitación y se dirige a la cocina a buscar un vaso de agua. Atraviesa la sala de estar, en donde su padre está viendo la televisión, y se queda mirando. Ve las imágenes de un hombre que, desde un atril, se dirige con vehemencia a decenas de miles de personas que lo escuchan con atención. La multitud está expectante ante cada palabra del hombre. El chico no entiende las palabras, pero la escena, el fervor de la gente, la estética militar, lo impresionan. ¿Quién es ese sujeto al que miles de personas escuchan con tal admiración? El niño pregunta y el padre responde: “Un loco”.

Ese hombre es Adolf Hitler y ese niño se llama David Saavedra, autor del libro Memorias de un exnazi. Hoy, a sus 42 años, David considera que ese fue el primer paso hacia una dirección que trastocaría su vida por completo. La respuesta del padre dejó inconforme al pequeño David, que empezó a buscar información por su cuenta, a leer y a preguntar. Pero cada vez que preguntaba, los adultos le negaban las respuestas, le decían que eso estaba mal, pero no le explicaban por qué. Lejos de desistir, se empeñó en saber todo sobre Hitler; leyó innumerables libros, muchos de los cuales su madre le tiró a la basura. Pero eso lo impulsó aún más. Lo siguiente fueron 20 años de militancia ininterrumpida: en esos años, David llegaría a ser uno de los fundadores de la web de habla hispana dedicada al nacionalsocialismo más visitada del mundo y dirigente del principal partido de la denominada ultraderecha de España, Alianza Nacional.

Lejos de la España de los ’90, en la Colombia de los ’70, otro adolescente también se impresiona cuando lee, en la oficina del cura de la parroquia de su pueblo, las historias de Ernesto “el Che” Guevara y de Camilo Torres Restrepo. Ese adolescente se llama León Valencia y vive en una Colombia inmersa en una guerra civil. Es la época de las insurgencias en América Latina, surgidas en contextos de desigualdad y grandes demandas sociales que los sistemas políticos, cada cual con sus peculiaridades, no lograban resolver.

Ese fue el primer paso del adolescente León en un largo camino de militancia política, desde la teología de la liberación, en movimientos campesinos de Colombia, y luego en el Ejército de Liberación Nacional (ELN), grupo guerrillero en el que militó durante siete años y del que finalmente se retiró a principios de los ’90. Años más tarde, León Valencia, hoy politólogo de 68 años y autor de numerosas obras de política y literatura, escribiría acerca de ese momento con el cura, en su libro Mis años de guerra: “Las palabras sobre teorías que no conocía y personas que no había oído mencionar me impresionaron, pero lo que más me llegó al alma en esa tarde fue su visión de los campesinos”.

A primera vista, un abismo temporal, geográfico e ideológico separa las historias de Valencia y Saavedra. No obstante, ambas tienen algunos puntos en común que se relacionan, fundamentalmente, con la experiencia del individuo en su construcción identitaria, en relación con la sociedad y en su forma de ver el mundo. Y estos elementos hoy en día tienen relevancia en la medida de que ofrecen una puerta de abordaje a un fenómeno que cada vez más se observa en las distintas sociedades del mundo: fanatismo, polarización, extremismo, son algunas expresiones con las que se suele designar este fenómeno que David Saavedra llama radicalización.

De forma muy resumida, este término refiere al proceso por el cual una persona construye una forma absoluta de entender el mundo, conformada a partir de términos antagónicos y sobre la base de una verdad incuestionable. Y por esto, la radicalización no tiene que ver con una ideología o una creencia concretas, sino con la forma en que el individuo se posiciona frente a ellas: en esencia, considera que lo que cree es la verdad objetiva y quienes no comparten su visión del mundo están equivocados.

En uno de sus videos de divulgación, Saavedra explica: “Todos los radicalismos, ya sean de izquierda, de derecha, religiosos, son iguales y su base es negacionista. Un negacionista del holocausto, tal y como lo era yo, un negacionista de la pandemia, uno del cambio climático, uno de la esfericidad de la tierra o de cualquier otra cosa piensan exactamente igual. El contenido del discurso viene después. Pero la estructura de pensamiento es exactamente la misma”.

Por otro lado, Saavedra destaca que asumir una postura ideológica o adoptar una religión o una creencia no implica necesariamente radicalizarse. “Cuando yo estaba radicalizado, no pensaba que el mundo se dividía entre blanco y negro, sabía que el mundo se dividía entre blanco y negro. Y del mismo modo, un terraplanista no cree que la tierra es plana, lo sabe. Esa es la diferencia fundamental entre alguien que es fanático y alguien que no lo es”.

Actualmente, la radicalización es uno de los grandes desafíos para las democracias modernas. Las posturas radicales implican la oposición del sujeto frente a un otro con el que es imposible la convivencia, ya que representa una visión de mundo que es percibida como incompatible. De manera que este fenómeno creciente y persistente, que tiene una doble dimensión psicológica y social, socava la democracia en la medida en que atenta contra uno de sus principios básicos, según los define el filósofo Bernardo Toro: el principio de complejidad. Este principio hace referencia al hecho de que el conflicto es un aspecto constitutivo de toda democracia, ya que es la vía para alcanzar acuerdos. Y por eso, la democracia es el único sistema político que exige el cuidado de sus propios opositores.

Pero la convivencia en la diversidad y el cuidado del opositor se tornan conflictivos cuando se trata de grupos radicalizados, al tiempo que se dificulta la construcción de acuerdos sociales. En especial, cuando actores radicales acceden a posiciones de poder, el sistema político se ve amenazado.

Según un artículo del politólogo Aníbal Pérez Liñán, “Cuando el gobierno tiene una agenda política radical, los actores de oposición temen que este utilizará el poder del Estado para imponerles costos irreversibles, lo que reduce su disposición a tolerar el régimen existente. Por otra parte, el surgimiento de una oposición radicalizada a menudo constituye una amenaza para el gobierno y para otros actores arraigados en el sistema político, y estas fuerzas poderosas pueden subvertir el régimen competitivo para proteger sus intereses y reprimir la radicalización”.

De modo que entender la radicalización como un fenómeno social y psicológico, basado en el negacionismo y en una concepción simplificada y unívoca del mundo, puede ofrecer pistas sobre cómo enfrentarlo y prevenirlo. Y esto resulta relevante ya que las posturas radicalizadas afectan la vida democrática en el mundo, impiden entablar diálogos, dificultan la convivencia y amenazan la estabilidad de los acuerdos sociales.

David Saavedra, autor del libro Memorias de un exnazi.

La ideología es lo de menos

El proceso de radicalización de David empezó mucho antes de conocer el nacionalsocialismo. Esta es una conclusión a la que llegó mucho tiempo después de haber atravesado la desradicalización que lo llevó a salir de esa ideología y es una cuestión central sobre la que hace hincapié en las innumerables charlas y entrevistas que ha dado para contar su experiencia. “El contenido ideológico es el último episodio del proceso de radicalización. Es lo que da sentido a la estructura que has construido en tu mente y que es bastante parecida a lo que se suele llamar pensamiento sectario. Esto es: tú descubres una verdad que los demás ignoran y eso te convierte en una especie de elegido. Te dices a ti mismo que eres listo, que los medios de comunicación no han conseguido doblegarte y así empiezas a percibir que hay dos mundos. Como sucede en la película Matrix, crees que has descubierto la verdad y los demás son esclavos del sistema. Tú tienes la razón y los demás están equivocados”. En el caso de David, el arma contra la matrix fue el discurso nacionalsocialista. Pero puede ser cualquier otro: desde discursos políticos e ideológicos hasta religiosos, pseudocientíficos y teorías de la conspiración; la clave de la radicalización es que el sujeto le da a su discurso la categoría de verdad absoluta. Y esta verdad se convierte en parte constitutiva de la identidad.

Para David, la niñez y la adolescencia son momentos en los que las personas son especialmente vulnerables a adoptar este tipo de discursos, ya que son etapas de la vida en las que se empieza a construir la identidad. “Algunos psicólogos definen la adolescencia como el paso de la dependencia infantil a la autonomía de tomar decisiones. Y en esa transición hay una búsqueda fundamental: saber quién soy y cómo me proyecto en el futuro”.

Pero en esa etapa de descubrimiento, dice David, es fundamental la presencia de adultos que sean capaces de guiar, de responder las preguntas y de encender las alertas cuando las infancias toman rumbos que puedan tornarse dañinos y condicionar su futuro. Ese fue su caso, pero él no tuvo a nadie que supiera cómo darle la guía y la contención necesarias para que desarrollara un pensamiento crítico y no uno radicalizado. Y, en su experiencia, esto no parece haber cambiado: “He escuchado a periodistas reconocidos en mi país diciendo que hay que excluir a los niños o niñas que muestran una tendencia hacia este tipo de ideologías, diciendo que el fascismo se infiltra en las escuelas. Pero si estamos hablando de niños de 10, 12 o 15 años que se han topado con algo y sienten curiosidad, si en vez de guiarlos y hablar con ellos, los excluyes, ¿qué crees que va a pasar? Pues que se van a reforzar en ese discurso. Porque si piensan que hay una élite que no quiere que se sepa la verdad y sus profesores los castigan por leer esos libros, entonces les están dando la razón. Eso fue justamente lo que pasó conmigo hace 20 años”.

Por esto, David dedica parte de su tiempo libre a dar charlas en escuelas a niñas, niños y adolescentes, para alertar sobre la problemática de la radicalización, y como ya le ha ocurrido en algunos casos, ayudar a quienes se sientan reflejados en su historia. “He hablado con chiquillos en los colegios que se me acercan llorando, diciendo que los profesores los humillan, les hacen vacío, los insultan”. Y es que David advierte que en España hacen falta capacidades en el sector de la educación para lidiar con este fenómeno. Por esto, no solo busca concientizar a su público menor de edad, sino también contribuir con las y los docentes para que puedan identificar casos problemáticos, como lo fue él mismo, y saber cómo actuar frente a ellos, qué hacer y qué no y cómo acompañar a niños, niñas y adolescentes en vías de radicalización.

Entender el mundo por primera vez

El mundo en el que creció León Valencia, como él mismo dice, fue un mundo de grandes relatos ideológicos que estuvieron encabezados por las dos principales potencias del siglo XX, Estados Unidos y la URSS. Ningún lugar del mundo fue ajeno a este antagonismo, que en América Latina encontraba el entorno para dirimirse en las luchas entre los sectores del capital concentrado y las grandes mayorías de trabajadores en condiciones de pobreza. Y esas luchas tuvieron hitos que marcaron a generaciones enteras.

León Valencia, politólogo y autor de obras como Miserias de la guerra, esperanzas de la paz, Mis años de guerra y La izquierda al poder en Colombia.

Dice Valencia: “A la generación anterior a la mía la marcó la Revolución Cubana. Este hecho atrajo con fuerza a las juventudes porque era el relato de una victoria. Pero a nosotros nos marcó el golpe de Estado en Chile y el asesinato de Salvador Allende, por lo que nuestra generación fue hija de una derrota”. Esa derrota y la historia particular de Colombia, entrelazada con la historia de la región, determinaron las décadas subsiguientes, en la medida en que las formas de lucha que tomarían los movimientos sociales en los setenta y los ochenta se basarían en la convicción de que el único camino posible hacia la justicia social eran las armas.

León Valencia atravesó un proceso de radicalización social en Colombia en el que un sector de la sociedad observaba que las vías democráticas para lograr la transformación estaban bloqueadas y tenía la certeza de que podía alcanzar sus objetivos a través de la lucha armada. Pero más allá de las cuestiones históricas que explican ese periodo y el recrudecimiento de la violencia en Colombia, hay algunos elementos que aparecen en el proceso de radicalización y que trascienden el contenido ideológico.

Un primer elemento es el relato heroico. Dice León al respecto: “Mi primer contacto con un relato heroico fue a través de las figuras del Che y de Camilo Torres. Y el impacto fue muy grande, porque me sacó de mi cotidianidad, del transcurrir personal de la vida, y me hizo ver que tenía un papel para jugar en el mundo. En ese momento entendí que había algo que trascendía mi vida personal: la entrega a una causa”.

En este punto, las dos historias distantes vuelven a converger en la medida en que tanto Valencia como Saavedra fueron atravesados por relatos épicos que se convirtieron, respectivamente, en horizontes identitarios. Para León Valencia, las historias de aquellos hombres que habían entregado la vida por una causa eran un modelo de dignidad: “la dignidad de la rebeldía, de no transigir con cosas con las que uno no está éticamente convencido”. Esa ética acompañó a Valencia desde el principio y fue también lo que le permitió ver de forma crítica el rumbo que había tomado el grupo armado al cual él mismo pertenecía.

David Saavedra, por su parte, encontró en la iconografía de la guerra – cargada de épica – unos valores que conformaban todo aquello en lo que él mismo aspiraba a convertirse. La lealtad, la valentía, el compromiso, la defensa de las propias convicciones constituían rasgos inherentes al modelo identitario que perseguía. Pero el modelo tenía una contracara de racismo y el mandato de una masculinidad tradicional, que solo admite una única forma de ser hombre, y un desprecio hacia todas las personas que no se adecuaran a ese estereotipo.

Pero, sobre todo, ambos encontraron por primera vez una explicación del mundo, y este es el segundo elemento compartido en la experiencia de radicalización. Para David, el momento de descubrir el nacionalsocialismo fue como el despertar de una conciencia nueva que le permitía entender la realidad: “Cuando era pequeño y escuchaba a mis padres hablar de política, era como escuchar chino, no entendía los conceptos. Por eso, cuando empecé a leer sobre esos temas y a entenderlos, sentí que estaba dejando de ser un niño. Cuando empiezas a entender el mundo, sientes que te conviertes en adulto. Y eso te ilusiona”. Fue también gracias a ese descubrimiento que David se convirtió en el lector voraz que es hoy día.

Del mismo modo, el socialismo del siglo XX fue para León Valencia la explicación que le dio orden al mundo caótico en el que vivía. Había una razón detrás de la realidad de la Colombia campesina en la que él había nacido, de desigualdad, pobreza y violencia, y el socialismo no solo la exponía, sino que ofrecía una respuesta. En plena Guerra Fría, en un mundo abiertamente enfrentado entre dos polos ideológicos, la respuesta no podía ser otra que la destrucción del antagonista.

Y no es casual que, dentro de las diferencias abismales que separan a Saavedra y a Valencia, geográficas, temporales e ideológicas, haya ciertos núcleos compartidos que parecen ser denominadores comunes del siglo XX. El historiador Eric Hobsbawm, en su libro Historia del siglo XX, explica que la Primera Guerra Mundial tuvo una característica que no había tenido ninguna otra guerra anterior: perseguía objetivos ilimitados. Solo admitía la victoria o la derrota totales. Esto, añade el autor, arruinó tanto a los vencedores como a los vencidos. Y se podría pensar que esa misma lógica, que también gobernó la Segunda Guerra Mundial, quedó instalada, no solo en la forma en que se dirimieron los conflictos posteriores, sino sobre todo en el imaginario colectivo, que por mucho tiempo entendió el mundo desde un binarismo que, además, no admitía ninguna posibilidad de coexistencia con la parte antagonista.

En este punto aparece un tercer elemento en el proceso de radicalización que tiene que ver con la convicción de que, así como hay una única verdad que explica el mundo, hay también una única solución para los problemas del mundo.

Todas estas cuestiones históricas parecen lejanas frente a la realidad actual. No obstante, y a pesar de que aquellos dos grandes relatos ideológicos han quedado atrás, sus secuelas permanecen. “Esos dos grandes relatos tuvieron dos hijos complicados para el siglo XXI. La democracia liberal engendró los populismos de derecha y el socialismo engendró las autocracias o los capitalismos de estado”, dice León. Pero las certezas con las que él atravesó la turbulenta historia de la segunda mitad del siglo XX, finalmente, se desmoronaron. “Cuando esos grandes relatos por los que uno vivió se caen, queda uno al desnudo”. Por esto, le tocó no solo reinterpretar el mundo a partir de nuevas categorías, sino también reinventarse a sí mismo en la delgada línea que implica reconstruirse sin olvidar quién había sido.

Salir de la burbuja

Se podría decir que prácticamente cualquier idea puede devenir en una forma de radicalización. Y esto es así porque el contenido es secundario: la radicalización es una actitud frente a las ideas. Y por esto, David llama a los distintos radicalismos con un término que los unifica a todos: la burbuja. En su libro, lo explica de la siguiente manera:

«Al igual que les ocurre a los miembros de una secta o a los fanáticos de cualquier causa, mi mundo era una burbuja, y así lo llamaré a partir de ahora: “la burbuja”. Dentro de ella estábamos los puros, los que, a diferencia de los demás, sabíamos cómo salvar al planeta de un enemigo todopoderoso. Fuera quedaban todo y todos los que no comulgaban con unos principios que yo consideraba bellos y justos».

La idea de la burbuja remite a un universo unidimensional, en el que todos los aspectos de la vida del individuo tienen que ver con esa ideología o esa creencia que pasa a ocupar un lugar central en su identidad. Para explicar este fenómeno, David escribe:

«Decir que pasé dos décadas en la ultraderecha no reflejaría lo que viví. La realidad es que, durante ese largo periodo, la ultraderecha fue toda mi vida. Fue mucho más que asumir una ideología. Mis amigos, los lugares de ocio que frecuentaba, los libros que leía, la música que escuchaba, la información que recibía…, todo era parte de lo mismo y respondía a idénticos objetivos».

De manera que la radicalización también implica la reducción de los horizontes e intereses de las personas en todo sentido: los círculos sociales se estrechan, los intereses se acotan. La radicalización implica, en este sentido, una pérdida de diversidad, lo cual dificulta aún más la posibilidad de acceder a realidades diferentes de las propias.

No obstante, la cuestión del sesgo informativo es mucho más compleja que el mero acceso a información o a puntos de vista diversos. “Un fanático nunca aceptará que está equivocado. Cuando era militante nacionalsocialista, mis compañeros y yo pensábamos de la misma manera binaria: que nosotros teníamos la verdad y que la otra parte mentía. Pero, además, la otra parte es también la que gobierna el mundo y domina los medios de comunicación. De manera que cuando nos confrontaban con datos o argumentos que contradecían nuestra verdad, simplemente los desechábamos”. Por esto, David discute con dos sentidos que se suelen dar por verdaderos: “el fascismo se cura leyendo” y “el racismo se cura viajando”, que según su experiencia, no se verifican: “En 20 años he leído cientos de libros, pero todos nazis. Yo sabía mucho del tema y tenía datos, fechas, argumentos, pero todos basados en la misma perspectiva. Todo lo que leía servía para reafirmar lo que ya consideraba como la verdad. Y cuando chocaba con alguien que sabía mucho más que yo y que me ponía en un brete con sus argumentos, simplemente lo desacreditaba: el otro tiene el cerebro lavado y ya está”.

La radicalización parece, en principio, un callejón sin salida. Una persona convencida de una determinada idea y que no deja ningún espacio a la duda no va a abandonar esa idea, aun siendo falsa, solo al ser confrontada con información veraz. Por esto, David dice que él mismo, a sus 20 años, ya era “un caso perdido”. Pero a pesar de eso, algo sucedió que lo hizo cambiar.

Así como en la vida de una persona hay momentos en los que puede ser más proclive a radicalizarse, también puede ocurrir el camino inverso. “Existen ventanas de radicalización y desradicalización, que son momentos de alta vulnerabilidad de una persona que la hacen propensa a adoptar discursos extremos. La adolescencia es la ventana de radicalización por excelencia, pero no la única. Por ejemplo, una persona que está atravesando una enfermedad grave, por muy claras que haya tenido las cosas, puede en ese momento adoptar el discurso de ‘las farmacéuticas te están engañando’ y que eso la lleve a desacreditar por completo la medicina”.

Y en la era de las redes sociales, los algoritmos y la abundancia de información, la persona tiene a la mano una cantidad inagotable de contenido que refuerza el sesgo que ya ha adoptado. Cuando David se radicalizó, nada de esto existía: para leer los libros, tenía que conseguirlos en físico. Apenas lograba conectarse con otras personas de ideas similares en las antiguas salas de chat a las que accedía en las computadoras del ciber café en donde trabajaba. Veinte años más tarde el mundo cambió: detrás de cualquier pantalla hay contenidos interminables sobre todos los temas imaginables abordados desde cualquier perspectiva: desde política y religión hasta prácticas de alimentación, salud, espiritualidad, psicología, ciencia y actualidad. Todo al servicio del sesgo que la persona haya internalizado. Y después, el algoritmo se encarga de mostrar siempre los mismos tipos de contenidos, y así refuerza el sesgo. Nuevamente: un callejón sin salida.

Pero en la experiencia de David hay salida y es la ventana de desradicalización. Otro momento de vulnerabilidad puede también ayudar a que se instale en la persona una duda. Y eso fue lo que le sucedió. “En mi caso, llegó un momento en el que con un grupo de personas nos planteamos dar el paso hacia la lucha armada. Yo siempre fui activista político y siempre había pensado que el terrorismo no tenía nada que ver con nosotros. Esa fue la primera vez que empecé a tener dudas. No sobre mis ideas, sino sobre el curso de acción que se planteaba”.

En este punto, David aclara que una persona radicalizada no necesariamente va a cometer actos violentos o delictivos: “simplemente es una persona que considera que tiene la verdad, que tú tienes el cerebro lavado y eso es todo. Puede resultar agresiva en el trato, por su soberbia o porque es muy egocéntrica y narcisista, pero no ser un peligro físico para los demás”. Ese había sido su caso, hasta ese momento en que se instaló la posibilidad de involucrarse en acciones violentas y por primera vez se puso a sí mismo un freno.

Lo siguiente fue un proceso largo y traumático que se inició con la lectura de un libro. El libro indicado llegó en ese momento de vulnerabilidad en el que David por primera vez dudaba de algo, de la mano de su único amigo por fuera de los círculos nacionalsocialistas (y que además tenía un pensamiento completamente opuesto). Era un libro sobre la teoría marxista que le produjo a David un choque cognitivo, porque le hizo darse cuenta de que todo lo que creía que sabía de marxismo era mentira. Ese fue el primer paso, al que siguieron muchos otros que poco a poco fueron horadando esas convicciones que tenía. Más allá del contenido, lo que se abrió por primera vez fue la posibilidad de aceptar que el mundo y la historia no eran lo que él creía que eran. Y que había vivido durante décadas de espaldas a la realidad.

“Y empecé a cuestionarme todo. Pensé que, si estaba equivocado en eso, ¿en qué otras cosas podría estarlo también? Ahí me metí con el feminismo. Yo era profundamente antifeminista, pero nunca había leído un texto escrito por una feminista, sino siempre interpretaciones que confirmaban mi sesgo, que era básicamente que las feministas querían exterminar a los hombres por el solo hecho de ser hombres. Y cuando fui a las fuentes, también me di cuenta de que toda la vida había tenido una idea equivocada del feminismo”.

Hasta el día de hoy, Saavedra reafirma que él siempre fue un caso perdido e incluso añade: “desradicalizarme fue un error”. Y lo dice porque a raíz de su proceso de desradicalización, todo su mundo se vino abajo y esa ha sido la experiencia más dolorosa de su vida. Durante dos décadas, el nacionalsocialismo había sido su identidad, y cuando eso se derrumbó, se encontró con que ya no sabía quién era. “Esto es lo que más me cuesta explicar, porque es muy difícil entender cómo se siente la nada absoluta si no la has vivido. Sientes un vacío y desesperación de pensar que esa va a ser tu vida para siempre. A lo largo de los últimos años, he conocido muchos testimonios de personas que pasaron por lo mismo, desde exyihadistas hasta exadictos. De personas que no tienen nada que ver en su ideología, pero que de alguna manera están unidas”. Efectivamente, están unidas por una experiencia de vida compartida que tiene que ver con la forma en que asumieron sus ideas.

Cambiar con el mundo

León Valencia también compartió la misma experiencia de pérdida y vacío. Pero su transformación no fue un proceso de desradicalización puramente individual, sino que estuvo atada a los rumbos que había tomado el conflicto armado en Colombia. Si acaso él había entrado a la guerrilla para defender unos ideales, fue esa misma convicción lo que motivó su salida.

“En Colombia, los avances democráticos han venido de la mano de presiones guerrilleras y acuerdos de paz. Las élites políticas nunca han hecho reformas por voluntad propia y por eso los cambios políticos y sociales en Colombia se han dado a cuentagotas. Esa siempre fue nuestra justificación de las cosas que hacíamos. En este país murió mucha gente, pero las élites no querían hacer ninguna de las reformas sociales y políticas más elementales y eso nos justifica en lo que hicimos. Y por eso hoy puedo contar mi historia públicamente: yo puedo hablar de mi paso por la guerrilla porque mi ética era invocar el derecho a la rebelión en un contexto de opresión en Colombia. Eso hace la diferencia con muchos señores de las élites políticas que me reclaman aquí y que también hicieron cosas ilegales, alianzas con paramilitares. Pero ellos esconden su historia, porque promovieron una violencia sin tener ninguna convicción ética de perseguir una causa justa”. La historia de León también se entrelaza con el contexto mundial: eran los tiempos de la guerra de guerrillas y los ejércitos de liberación en el mundo que, a muy grandes rasgos, luchaban contra las distintas formas de ocupación colonial.

Pero en 1991, Valencia decidió hacerse a un lado. “Yo tuve la fortuna de retirarme en el momento indicado. Cuando se terminó la lucha por la constitución del ’91, que se logró concretar, el conflicto armado entró en un proceso de degradación muy grande que abrió un periodo de barbarie para Colombia”. En efecto, según el informe final de la Comisión de la Verdad, 7 de cada 10 víctimas de la totalidad del conflicto armado se concentran en la década que va de 1995 al 2005. “En esa década se desataron todos los demonios. Todos los bandos hicieron cosas terribles. La guerrilla se metió en el narcotráfico, el secuestro y le hizo barbaridades a la clase política. Por supuesto que había un desequilibrio en la proporción de fuerzas, ya que el Estado tenía mayor capacidad de daño. Pero nosotros también hicimos daño. Cuando vi que ocurrían esas cosas que contradecían éticamente mi conciencia, empecé a plantearme dejar la lucha. Y el detonante llegó cuando el ELN mató a un obispo de una manera bárbara, acusándolo de estar aliado con las fuerzas militares”.

Tres factores decisivos hicieron que León dejara la lucha armada: “La angustia personal de ver que se hacían cosas contrarias a mi ética, el desmoronamiento de un proyecto de vida en el mundo y la convicción de que no teníamos ninguna posibilidad de ganar esa guerra”. Valencia dio el debate dentro del ELN y logró salir junto con un grupo que se llamó la Corriente Revolucionaria Socialista, con el que se hizo un acuerdo de paz. Pero la guerra continuó y muchos de sus excompañeros siguen allí. “Recuerdo mis conversaciones con el cura Pérez, que era jefe de la guerrilla del ELN, en las que le decía que era muy difícil sostener nuestras convicciones en un contexto en el que la degradación del conflicto nos obligaba a degradarnos a nosotros también. Pero él se quedó y murió atrapado en esa guerra”.

¿Por qué, pese a los argumentos, tanto éticos como estratégicos, hay un grupo que se resiste al cambio? Valencia responde: “Creo que están atrapados en sus propias lógicas. Por un lado, hay un elemento de locura de creer todavía que pueden ganar la guerra. Por otro lado, está la convicción de que no se puede aceptar la paz si no se hacen ciertos cambios en la sociedad. Y finalmente hay una influencia mesiánica y religiosa, que tiene que ver con que en el fondo no importan los cambios ni el triunfo, sino solo sostener un discurso de justicia, de estar del lado de las comunidades, que solo se puede sostener con las armas. Pero todo eso pende de un hilo y ahora que la confrontación es inútil, porque no tienen ninguna posibilidad de ganar, es posible que el ELN termine pactando la paz con el gobierno”.

Esta es la historia del cambio de un hombre que acompañó una transformación que se producía en su país y en el mundo. Y si bien ese viraje no tiene nada que ver con haber descubierto que sus creencias más profundas estaban basadas en una mentira o en un error, como fue el caso de Saavedra, ambos comparten la misma angustia y el mismo vacío que implica haber tenido que renunciar a una parte importante de sí mismos.

Dice León que los cambios siempre han sido para él muy dolorosos. “He visto que todos los que pasan de tener una creencia religiosa al ateísmo celebran ese traspaso, lo viven con orgullo. Para mí, descubrir el ateísmo fue una pérdida. Perder a Dios, perder a Cristo, fue como perder a alguien que lo había acompañado a uno en situaciones muy difíciles. Fue muy doloroso”.

Habitar la duda y la contradicción

La figura del converso siempre es controversial. El converso es, casi siempre, un incomprendido: es tachado de traidor por unos y visto con desconfianza por otros. “Uno no tiene un puerto seguro a donde llegar”, dice León. “Los de acá no lo reciben y los de allá lo repudian. Por eso el converso tiende a buscar una nueva seguridad. Necesita ganarse la aceptación de los de un lado para equilibrar el rechazo que recibe del otro lado y para eso necesita profundizar en la traición. En mi caso, a pesar de las exigencias externas de tomar postura, decidí quedarme en un lugar muy confuso, que es el lugar de la duda, y que implica llegar al nuevo mundo con un equipaje que traigo del mundo anterior y seguir defendiendo las cosas que antes consideraba justas y que no voy a abandonar por este cambio”.

Hoy en día, León es “un fervoroso de la democracia”. Tras su salida del ELN, conformó la Fundación Paz y Reconciliación, a través de la que, hasta la fecha, trabaja activamente a favor de la paz en Colombia. La fundación empezó a operar en la década de pleno recrudecimiento de la violencia y, en ese contexto, se convirtió en un espacio para construir y llevar adelante ideas en favor de la paz y el fortalecimiento de la democracia.

En la misma línea, David Saavedra también está en proceso de crear su propia fundación, que se va a llamar Abriendo Brecha. “Me tocó atravesar solo casi todo el proceso de desradicalización y la idea de esta fundación es, justamente, que nadie tenga que pasar en soledad una experiencia tan dura como esa”. La intención es abrir el espacio para personas identificadas con formas de pensamiento radicalizadas y que puedan atravesar esa deconstrucción que implica salir de las certezas absolutas, abrirse a la posibilidad de cambio, de admitir errores y sobre todo gestionar de forma adecuada las emociones de manera que la persona no se deteriore a sí misma y a sus vínculos.

La experiencia de David también le ha dado pautas y herramientas para acompañar a personas radicalizadas, que tienen que ver no solo con aportarles nuevas perspectivas, sino también con ayudarlas a reconocer y construir lo que él llama sus cables a tierra, aquello que le permitió seguir conectado con la realidad. “Yo tuve dos cables a tierra. El primero fue el ejército”. En efecto, en el 2006, David ingresó en el ejército español, en donde actualmente tiene el rango de sargento. “Durante mis años de militancia, ese fue el único espacio en el que yo tenía la oportunidad de conversar con latinos, con mujeres lesbianas, en definitiva, con gente con la que en ninguna otra circunstancia habría hablado”.

“Y mi segundo cable a tierra fue mi perrita, Sury. Ella me enseñó cosas de las que me estoy dando cuenta ahora. Mi perra se murió hace un año aproximadamente y era el ser más amoroso que tú puedas encontrarte. Sury trataba de la misma manera a todo el mundo: negro, homosexual, blanco, azul, marciano, da igual, siempre iba a ser súper cariñosa. Ver a mi perra comportándose de ese modo con gente tan diversa hizo algo en mí”. Por esto, una de las iniciativas que Saavedra piensa llevar adelante en la fundación es generar espacios de interacción con animales, porque ellos tienen mucho para enseñar sobre cariño y afecto, sobre cómo despojarse de los prejuicios y encontrar fortaleza en la vulnerabilidad. Y otra tiene que ver con generar espacios de conversación entre personas radicalizadas y personas migrantes, que son frecuentemente blancos de odio entre ciertos grupos sociales en España. Porque en el conocer al otro, entender su experiencia vital, su historia, en definitiva, en humanizarlo, nace la empatía y la posibilidad del encuentro.

Mientras tanto, cada vez que lo convocan, David da charlas en colegios para prevenir la radicalización. Y una de las frases que siempre dice a los chicos y las chicas es: “Abrazad la libertad de decir ‘no sé’”. Salir de una posición radicalizada implica admitir que no se tiene respuestas para todo, lo cual abre espacio para el aprendizaje y para cambiar de idea. “Antes me generaba ansiedad no poder responder algo que me decían. En mi mentalidad, eso significaba que mi discurso no estaba bien construido y que yo no era digno de defender el nacionalsocialismo. Y cuando me costaba doblegar a alguien con argumentos, leía con el solo propósito de humillar a esa persona la próxima vez que hablara con ella. Ahora es al revés: si me hacen una pregunta para la que no tengo respuesta, lo tomo como una oportunidad para aprender e investigar”.

León Valencia opina, en el mismo sentido: “La duda es un motor de la comprensión y eso termina también satisfaciéndolo a uno”. A lo largo de los años y de su carrera como politólogo y en la fundación, ha recibido propuestas para entrar en política. Y no es casual, porque desde su juventud ha asumido roles de liderazgo político, en los distintos espacios que atravesó. “Pero me falta algo para meterme en el mundo político y es que siempre tengo muchas dudas. El político tiene seguridad, porque si duda, pierde. Porque la política es blanca o negra. Pero yo siempre estoy en un mundo muy gris, de pensar y repensar las cosas. Por eso me siento más cómodo en el lugar en el que estoy”.

Y por eso, para Valencia, los momentos en que se cuestionó todo fueron una especie de renacer, con todo el dolor que implica salir de la zona de confort. “Nacer es siempre muy bueno. Conocer un nuevo amor después de una relación tormentosa, una nueva canción, un nuevo artista que le satisface a uno. Nacer es salir victorioso”.

Los pasados de León Valencia y David Saavedra los llevaron al callejón sin salida de la radicalización, pero haber encontrado formas de superación de esos sesgos dogmáticos, los encuentra transitando en el presente los caminos de la comprensión de lo diverso, sin imponer el yo para construirse en el nosotros.

Por: Yanina Paula Nemirovsky


Los artículos InnContext permiten ampliar miradas, aportar diferentes puntos de vista y promover discusiones constructivas. Por esto, no necesariamente reflejan la posición institucional de la Fundación Avina sobre el tema.

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