Sistemas regenerativos: formas de producir integradas con la naturaleza

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En las últimas décadas, el concepto de regeneración aplicado a los sistemas alimentarios ha cobrado cada vez más relevancia, a la par que se profundizan las grandes problemáticas socioambientales globales. El agravamiento de la crisis climática, la masiva pérdida de biodiversidad, la contaminación extensiva de suelos y cuerpos de agua exigen la adopción de abordajes que no se limiten a detener el daño, sino a repararlo. Y los sistemas alimentarios regenerativos incorporan esta perspectiva: se basan en un diseño respetuoso con la naturaleza, cuyas prácticas se orientan a la producción de alimentos y la reproducción de los ciclos naturales y generan beneficios a largo plazo para todos los habitantes de un territorio.

El foco en la producción de alimentos no es casual ni arbitrario. El sector agropecuario presenta graves problemas sociales y ambientales. Por un lado, no es sostenible, ya que es altamente dependientes de insumos, como fertilizantes y pesticidas, muchos de ellos derivados del petróleo. Por otro lado, la agricultura extensiva basada en el monocultivo no solo atenta contra la biodiversidad y tiende a la homogeneización del paisaje, sino que también desencadena procesos de degradación del suelo. En efecto, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), más de la mitad de los suelos usados para agricultura en el mundo están moderada o gravemente degradados. Además, la actividad agropecuaria es una de las principales causantes de la crisis climática. Un informe del 2022 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) determinó que el sector es responsable de la cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero globales, de las cuales el 50% proviene directamente de la ganadería.

Estos datos muestran que la premisa de la agricultura regenerativa es un imperativo. Daniel C. Wahl, referente en materia de diseño regenerativo, considera que el concepto de sustentabilidad es insuficiente. El autor afirma que, en vez de buscar reducir el daño (como lo hacen los negocios sustentables), debemos aprender formas de participar de forma integrada con el ambiente, utilizando la naturaleza como base para el diseño. Éste es el cambio sistémico que propone la regeneración: producir de forma colaborativa e integrada con el entorno.

Bajo esta perspectiva, el concepto de “soluciones basadas en la naturaleza” viene a recoger un conjunto de prácticas agrícolas que tienen por objetivos proteger la naturaleza, promover su manejo sostenible y restaurar los ecosistemas degradados. Muchas de estas prácticas, a lo largo y ancho del mundo, han sido diseñadas y aplicadas por comunidades negras e indígenas milenarias y forman parte de la memoria cultural de pueblos que se han desarrollado de forma estable en el tiempo e integrada con la naturaleza. Más cercanas en el tiempo, en las últimas décadas sectores vinculados a la agroecología, la permacultura y la agricultura biodinámica han integrado y expandido estos saberes con su propio conocimiento y prácticas. Las soluciones basadas en la naturaleza tienen el potencial de brindar tres grandes beneficios socioambientales: fortalecer la producción agrícola en términos de resiliencia — lo que quiere decir, aumentar su capacidad de resistir y mantenerse estable frente a disturbios o tensiones —, mitigar el cambio climático y regenerar los procesos naturales y la biodiversidad.

No obstante, los sistemas regenerativos deben estar acompañados por un sistema económico que les permita funcionar. La industria agropecuaria en su estado actual es el resultado de un modelo económico que no considera los límites biofísicos del planeta y promueve la concentración y la acumulación de la riqueza. Por un lado, la pregunta de cómo alimentar una población que se espera llegue a 10.000 millones de personas para 2050 es desafiante, sobre todo si se plantean sistemas que no aumenten la productividad o incluso la reduzcan. No obstante, Jean Ziegler, exrelator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación entre 2000 y 2008, señala en su libro “Destrucción masiva” que actualmente hay capacidad para alimentar a 12.000 millones de personas en un mundo cuya población está cerca de 8.000 millones, al tiempo que entre 702 y 828 millones de personas sufrieron hambre en 2021. De modo que, además de la productividad, las cuestiones que tienen que ver las posibilidades de acceso a los alimentos y los mercados en los que se distribuyen deben ser parte de la discusión. Y estas cuestiones se definen en el sistema económico.

Una economía que acompañe la regeneración

La economista Kate Raworth sostiene que el mundo, considerando las tendencias predominantes, es financiera, política y socialmente adicto al crecimiento. Aumentar ganancias, riqueza, expandir mercados, consumir y acumular son los grandes objetivos del sistema económico actual, que se reflejan en el comportamiento de los actores sociales y sus interacciones. Pero Raworth considera que es posible superar esta adicción a partir de un cambio de valores: abandonar la obsesión por el crecimiento y empezar a pensar en función de la idea de prosperidad.

La economía regenerativa implica un cambio sistémico en el sentido que propone Raworth. Se trata de una economía que, en primer término, considera los límites planetarios, es decir, opera bajo la premisa de que los recursos de que disponemos para producir y reproducir la vida son limitados. Por esto, una economía regenerativa desde su diseño debe funcionar sin extraer nuevos materiales. Esto implica un diseño radicalmente diferente, tanto del sistema como de los bienes y servicios de una sociedad, en el que todo material debe poder ser recuperado para convertirse en otra cosa, y así, hasta reincorporarse nuevamente al ecosistema. Pero, además, la economía regenerativa propone ir un paso más allá de la sustentabilidad: ya no se trata de disminuir el impacto o lograr mantener las cosas en su estado actual, sino de permitir la restauración y la regeneración de los ecosistemas. Así, la regeneración se basa en promover antes que en extraer.

Pero no solo las cuestiones técnicas hacen a un sistema económico. También, y sobre todo, están las sociales. La economía regenerativa se construye a partir de una comunidad. La circularidad en el uso de materiales, el uso de energías renovables y los sistemas de producción regenerativos requieren de una red de actores diversos y en permanente interacción que cumplan un rol, a partir del cual no solo prosperen ellos mismos, sino toda la comunidad. Por eso, en oposición al modelo actual, basado en la acumulación y la competencia, la economía regenerativa necesita de la colaboración y tiene por objetivo generar bienestar y prosperidad para un territorio. Dentro de ese interés social, son cada vez más las experiencias que ponen su foco en el lente de género, promoviendo el protagonismo cada vez mayor de mujeres y jóvenes en el liderazgo organizacional.

Actualmente, las experiencias de este tipo son limitadas. A pesar de que el concepto de economía regenerativa cada vez adquiere mayor relevancia, el modelo actual se mantiene inalterado. Y esto es, en parte, por el rol que juega el sistema financiero. Por esto, la regeneración no solo es aplicable a la producción y la economía, sino también al sistema financiero, que debe acompañar, desde la orientación de valores humanos y la reorientación de las inversiones, la transición hacia el nuevo modelo.

En esa dirección, algunas experiencias bancarias, como las nucleadas en la Global Alliance for Banking on Values, están proponiendo utilizar intencionadamente el capital para abordar las desigualdades sociales y los desafíos ambientales, por ejemplo, financiando proyectos empresariales inscriptos en una lógica regenerativa, incluyendo el campo de los alimentos. También la Banca Ética Latinoamericana, en su reporte 2022, señaló que -en la Oficina Pacífico Sur — el sector de Naturaleza y medio ambiente, financiaron en un 58% el consumo y la producción sostenible, y en un 32% el fortalecimiento de sistemas alimentarios. Y el Consorcio de Negocios Alimentarios Regenerativos, que está operando en los biomas de la Amazonía y el Corredor Seco Centroamericano, ya está invirtiendo capital en la incubación de empresas sociales y cooperativas que están produciendo alimentos de manera regenerativa.

Sin embargo, estas expresiones concretas y probadas de financiamiento sensible los preceptos de la regeneración son insuficientes si no logra generalizarse una dinámica de transición de un modelo basado en el extractivismo a éste que se centra en la salud del suelo, en la riqueza microbiótica, en la unidad que marca una cuenca o una biorregión, en una mirada de largo plazo. Esa transición implica disponibilizar herramientas financieras creadas para que los pequeños productores puedan soportar los dos o tres años que implica el pasaje de un modelo a otro, pero también invita a que los inversores, los dueños del capital, migren su mirada; como señala la organización SVX México, se trata no sólo de cambiar la lógica de en qué invertimos (las finanzas climáticas, la regeneración de la biodiversidad), sino también en cómo invertimos (finanzas transformativas, apelando al pensamiento sistémico), dónde invertimos (inversiones locales, con perspectiva de paisaje o biorregión), en quiénes invertimos (más diversidad, más mujeres liderando, más apoyo a las comunidades  indígenas) y, sobre todo, por qué invertimos (repensar el propósito del capital para asegurar la vida).

Cabe entonces fortalecer un gran ecosistema latinoamericano que pueda reconocer y articular a todos los actores que practican la regeneración para producir alimentos, donde también los grandes actores del mercado puedan decididamente avanzar en acuerdos comerciales con sus redes de valor para progresiva y aceleradamente llevar al paradigma regenerativo al mainstream de los negocios.

Autores: Pablo Vagliente y Yanina Paula Nemirovsky


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